Cada 2 de abril, el calendario argentino se tiñe de un color distinto. No es celeste y blanco de festejo, sino un gris que mezcla dolor, pena y hasta una furia contenida. Han pasado 44 años desde aquel 1982, pero Malvinas no es solo una fecha marcada en el almanaque. Es una herida abierta que late en el corazón de un pueblo que aún hoy no termina de procesar la derrota.
Una derrota que no fue solo territorial. Fue, sobre todo, del alma.
A pesar de los discursos oficiales, de las marchas y de los homenajes a los caídos, para muchos argentinos el 2 de abril es también un espejo incómodo. En cada aniversario, vuelven las voces de entonces. Algunos decían que no valía la pena pelear, que los ingleses tenían más hombres y armamento superior. Otros, en cambio, defendían con idealismo lo más preciado que Dios le había dado a este país: sus tierras.
¡Cuánto idealismo junto a los que creían en la victoria! Una victoria que no medía parámetros, donde el cuerpo era el escudo y, al mismo tiempo, la única arma.
El conflicto finalizó hace 44 años, pero para muchos de los que estuvieron en las trincheras, la batalla continúa. El doctor en Psicología Alberto Hugo Dupén explica que muchos sobrevivientes del conflicto bélico del Atlántico Sur vuelven a vivir la guerra cada día de sus vidas. No es una metáfora. Es una realidad clínica.
Por eso, es probable que cada mañana, al abrir los ojos, muchos ex combatientes "retornen" a Malvinas. Y cada noche, antes de apoyar la cabeza en la almohada, recuerden la última vez que vieron a sus compañeros caer. Morir. En honor a su tierra.
Tontos aquellos que creen que un resarcimiento económico puede sanar las heridas de la mente y del corazón. No se compra la paz interior con un puñado de billetes. No se olvida el horror con una declaración jurada.
Tampoco podemos olvidar la constante culpa que cargan esos hombres que le pusieron el pecho a su país y no lograron el cometido. Una culpa que no les pertenece, pero que les fue impuesta por las circunstancias y por una historia que los dejó solos.
Y junto a ellos, sus familiares. Los que esperaron, los que sufrieron, los que aún hoy piden permiso para visitar la valentía perpetuada por nuestros hombres. Esos soldados que, con sus botas hundidas en el barro y el frío atravesándoles los huesos, nos representaron a todos.
Lo más increíble, lo más absurdo, es que a solo unos cientos de kilómetros de la costa argentina se encuentre una colonia inglesa. Un territorio que vive de espaldas a nuestra realidad. Todo por un conflicto de soberanía que aún no se resuelve, y que parece estar excluido de toda lógica contemporánea.
Mientras tanto, los veteranos siguen esperando. No solo un reconocimiento, sino una reparación real que entienda que lo que ellos perdieron no se recupera con nada material.
Malvinas nos duele. Y mientras haya un ex combatiente que despierte con el eco de las bombas, mientras haya una madre que llore a su hijo en las islas, mientras haya un argentino que mire el mapa con la rabia de lo incompleto, la guerra no habrá terminado.
Porque hay batallas que, aunque se pierdan en el campo, se siguen peleando cada día en la memoria de los hombres.