9 de Abril 2026
RINCÓN DE LOS RECUERDOS
"Te acordás hermano, que tiempos aquellos..."
Escribe: Angel Kandel

 

 

Copyright © 2013 nuestrobarrioweb.com.ar - Medio Digital Comuna 11 y 15 – Todos los Derechos Reservados

Cuando encendemos el televisor y la pantalla nos muestra los episodios de violencia cotidiana, las peleas entre los chicos en las puertas de las escuelas y la indiferencia con que vecinos de la misma casa se cruzan cuando van en el ascensor, vienen a nuestra memoria y a nuestro corazón los gratos momentos vividos en otros tiempos.
Era cuando un grave diferendo debía ser gravísimo para que una disculpa del ofensor o la eficaz intervención de los otros compañeros evitasen una pelea entre compañeros de clase.
Y qué decir de la convivencia entre los vecinos que, al caer el sol, iban sacando sillas de la casa para disfrutar del fresco atardecer del verano barrial y entablar una afectuosa conversación.
En los días de calor intenso esto se extendía hasta después de la cena y no faltaba el refrescarse comprando un helado que el blanco vendedor que manejaba el níveo carrito voceaba: "Heeelado..., Laponia helados", y allí íbamos a comprar el bombón helado o el barquillo, todo envasado.
También pasaba el carrito con forma de barco de la heladería La Maravilla, que vendía el helado sacado con la espátula, y uno podía saborear el crujiente cucurucho del gusto a su elección. Mi abuela, la Bobe, siempre pedía de limón, el refrescante limón.
Y entre helados y bebida fresca que cada uno traía de sus heladeras a hielo, sí, con los pedazos de hielo que Celso vendía por las mañanas cuando fraccionaba las barras gélidas que traía en su camioncito.
Helados y refrescos acompañaban las charlas del bueno de Don Francisco con el tano Don "Spiantuque", el gallego Don Julián con Don Aarón, el "paisano"...
Siempre había tema, nunca se aburrían, pues esas reuniones podían alargarse hasta la medianoche cuando el calor hacía que las pantallas de cartón con la publicidad de la carnicería de Don Isidoro o el abanico más sofisticado de alguna vecina hicieran que la estancia en las veredas se prolongase.
Mientras esto sucedía, los chicos jugábamos a la luz de los focos amarillentos de las esquinas y medias cuadras, ya sea al rango y mida o a la rayuela, fuera un policía-ladrón y por qué no un "picado" nocturno donde Tito Tolosa hacía su imparable "bicicleta" y Jorge "El Flaco" —porque había que diferenciarlo de Jorge "El Gordo"— se tirase a sus pies tratando de anular esa fantasía.
Siempre era momento para quemar energías cuando no irse de caminata hasta subir al puente de la Avenida San Martín y ver pasar las humeantes locomotoras a carbón que venían de Retiro o iban hacia el lejano oeste, pues pasaban los larguísimos trenes que llegaban hasta Mendoza.
Cuando ya los chicos no corrían ni se escuchaba el "Laponia helados", cuando las obligaciones del inminente nuevo día hacían que los vecinos diesen fin a su amena charla, los "¡Buenas noches!" y "¡Hasta mañana!" hacían que las sillas de la platea vecinal entrasen a las cocinas de donde las habían sacado unas horas antes.