Decenas de velas, banderas, remeras y clásicos pogos espontáneos transformaron el mural de Punta Arenas y Av. San Martín en un santuario barrial. Los fanáticos ricoteros se autoconvocaron el 5 y 6 de junio para despedir a su ídolo con lágrimas, risas, birras y canciones. Fue una fiesta, fue un duelo, fue un "hasta siempre" a puro corazón.
No hubo convocatoria oficial. No hizo falta. El dolor y el amor por el Indio Solari se encargaron de llenar la esquina de Punta Arenas y Avenida San Martín. Allí, donde un enorme mural retrata al eterno líder de Los Redonditos de Ricota, los fanáticos se autoconvocaron durante el 5 y el 6 de junio para despedir a quien marcó generaciones enteras con su poesía, su voz y su mística.
Y lo hicieron a su manera: sin protocolos, sin llantos fingidos, con la misma rebeldía que el Indio supo cantar.
Bajo la atenta mirada del mural, decenas de velas comenzaron a encenderse al caer la tarde. Alrededor, flores, remeras azules y rojas, banderas del Indio, camisetas de Argentinos Juniors, buzos de los Redondos y hasta alguna camiseta de la selección nacional. Todo mezclado, todo abrazado.
Y la música, claro. No paraba de sonar. Los clásicos se sucedían uno tras otro: "Juguetes perdidos", "Ji ji ji", "Un poco de amor francés". Los espontáneos pogos no se hicieron esperar. Extraños se abrazaban. Se lloraba. Se reía. Se bailaba. Se compartía una birra, un mate, una anécdota de aquel recital en el que llovió, de aquella vez que el Indio miró para un lado y uno juró que lo vio a los ojos.
La noche se transformó en una fiesta. Una despedida para siempre, sí, pero con el alma roquera intacta.
Entre la multitud, un detalle conmovedor: un joven se arrodilló sobre el asfalto y, mirando la foto del Indio desde su celular, se animó a dibujarlo con tiza en la calle. Bajo los aplausos y los silencios respetuosos, la imagen fue tomando forma. Un tributo efímero pero eterno, como el propio Indio.
Allí no había extraños. Todos eran ricoteros. Todos se conocían sin haberse visto antes. La consigna era clara: ver quién era más fanático, pero en realidad nadie competía. Todos ganaban con estar ahí.
La Paternal guarda al Indio en varias de sus paredes. El más concurrido estos días fue el de Avenida San Martín 3400, entre Punta Arenas y Miguel Ángel. Pero no es el único. Los fieles también recorrieron:
Balboa y Avenida El Cano (en la "Isla de La Paternal"), donde una imagen del Indio se funde con la de Diego Armando Maradona. Dos dioses populares en un mismo muro.
Segui 1500, entre Tres Arroyos y Luis Belaustegui.
Segui 1200, entre Luis Viale y Apolinario Figueroa.
Espinosa, entre 12 de Octubre y Punta Arenas.
Cada rincón se volvió una parada obligada del peregrinaje ricotero.
Mientras La Paternal ardía en abrazos y canciones, el resto de Argentina también despidió al Indio a su manera. En Rosario, cientos de fanáticos se reunieron en el Monumento a la Bandera con remeras del "Pollo" y guitarras entonando "Adiós, reina del mar". En Córdoba, el Parque Sarmiento fue el epicentro de una vigilia que duró hasta el amanecer, con bombos y platilleros improvisados. En Mar del Plata, los ricoteros se dieron cita en la rambla, mirando al mar, como si el Indio se hubiera ido en una ola.
En Mendoza, bajo la sombra de los cerros, un grupo de fans montó un pequeño escenario callejero y tocaron casi una treintena de canciones. En Salta, la despedida tuvo tonada propia: entre zambas y redondos, los jóvenes lloraron con "La bestia pop". Y en Tierra del Fuego, a más de 3000 kilómetros de La Paternal, un grupo de doce almas se juntó en una esquina nevada con un parlante y una vela que el viento no logró apagar.
No hubo provincia, ni pueblo, ni barrio que se quedara sin su propio altar. Porque el Indio no era de La Plata o de Buenos Aires. El Indio era de todos.
Los fanáticos se apropiaron de su dolor y lo convirtieron en fiesta. Porque despedir al Indio no era poner una cara triste. Era bailar hasta el final. Era cantar a los gritos "Tarea fina" como si él pudiera escuchar desde algún lugar remoto.
Y en esa esquina de La Paternal, entre velas humeantes y una bandera que decía "Vivir solo cuesta vida", quedó claro algo que los ricoteros siempre supieron: el Indio no se va. El Indio se queda en cada pogo, en cada canción, en cada mural.
Hasta siempre Indio. Y gracias por tanto.