14 de Junio 2026
TRES ESTRELLAS EN EL PECHO Y UNA COPA PARA DEFENDER
El Mundial ya está aquí y la Argentina vuelve a detener el tiempo
Escribe: Diego Kaul

 

 

Copyright © 2013 nuestrobarrioweb.com.ar - Medio Digital Comuna 11 y 15 – Todos los Derechos Reservados

Casas, negocios, escuelas y plazas se visten de celeste y blanco. Cuando juega Argentina, el país entero suspende sus actividades. El fútbol, ese invento inglés que los italianos hicieron popular entre nosotros, vuelve a paralizar la vida cotidiana para regalarnos un mes de esperanza, rivalidades y abrazos.

El máximo evento futbolístico ya está entre nosotros. Luego de casi cuatro años de espera, la Selección Argentina salta al césped con tres estrellas estampadas en el pecho y la responsabilidad de ser los últimos campeones del mundo. Como dice el entrenador argentino en aquella publicidad que se volvió un lema: “No vamos a ir a ganarla… vamos a ir a defenderla”.

En el barrio se ven las casas, los negocios, las escuelas y los espacios públicos están armados y decorados para vivir este Mundial en cada instante. Una nueva excentricidad del torneo —que este año se disputa en Estados Unidos, México y Canadá, con tres sedes y 48 selecciones— no hace más que aumentar la magnitud del evento.

Cuando juega nuestra selección, detenemos el curso del tiempo. Por 90 minutos suspendemos lo que estamos haciendo. Las clases se transforman en recreos; en los trabajos se frena la productividad (unos de manera consensuada, otros por la fuerza de los hechos); en las calles, el tránsito se esfuma. La ciudad parece semidesierta, salvo por aquellos que deambulan abstraídos, impermeables a la fiebre mundialista. Como bien decía una publicidad de tarjetas de crédito: “Hay cosas que no tienen precio”. Una de ellas es el Mundial de Fútbol.

Un fenómeno que nació hace casi un siglo

Desde su aparición en 1930 hasta el presente, el torneo siempre ha deslumbrado a los fanáticos de este deporte. Incluso hoy, quienes no son aficionados habituales, en tiempos de Mundial muestran un interés renovado. Cada edición ha tenido características propias de su época, pero el núcleo que las iguala es la masa de gente que frente a este espectáculo se regocija con sus pares hasta más no poder.

Durante cuatro años se alimentan esperanzas, se renuevan expectativas, se sanean heridas y se redimen decepciones. Al término de cada edición, un solo país festeja, mientras que los otros inician, al día siguiente de la eliminación, un nuevo ciclo de ilusiones futbolísticas. Países con mayor o menor tradición futbolera muestran la misma desesperación por ser parte de esta fiesta. Cuatro años de espera se reducen al goce de tan solo un mes.

El fútbol ha sido analizado desde distintas ramas del pensamiento: sociólogos, filósofos, psicólogos, economistas. Tal cual lo conocemos hoy, fue inventado en Inglaterra a mediados del siglo XIX, pero saltó a la fama durante la segunda mitad del siglo XX, cuando el juego aumentó su comercialización y se convirtió en un gran negocio del entretenimiento. Los medios de comunicación —especialmente la televisión y las redes— han jugado un papel clave.

El arraigo popular del llamado “deporte más popular del mundo” ha recorrido todos los continentes, aunque todavía Europa y Sudamérica son las principales zonas donde las figuras más destacadas ofrecen su esfuerzo y talento. En la Argentina, el juego fue introducido por residentes ingleses en Buenos Aires, y la AFA se fundó en 1891. Sin embargo, arraigó con cierta lentitud; al final, fueron los inmigrantes italianos los que hicieron popular el juego entre nosotros.

Pero entre tanta algarabía y añoranzas, el fútbol como fenómeno cultural se entremezcla con distintas situaciones y miradas sociopolíticas. Desde un comienzo, el deporte se tiñó de política y fue usado como punta de lanza.

Aunque muchos critican que suenen los himnos nacionales antes de cada partido, otros no lo ven con malos ojos: aquel equipo identifica a una nación. Incluso, debe ser una de las cosas que más identifican a los pueblos que compiten en este certamen. Sin embargo, es necesario destacar ciertas cuestiones que tergiversan el espíritu deportivo y nacional.

Los himnos no son la antesala de ninguna guerra. Todos los involucrados en el desarrollo del juego deben estar conscientes de ello y actuar con altura y respeto por el prójimo. La famosa excusa de “en un partido el jugador está acelerado y eso lo lleva a hacer cualquier cosa” no es aceptable.

Por otra parte, no hay que entender que en estos encuentros deportivos está en juego el honor nacional o la disputa por problemas políticos, sociales o económicos. Es fundamental no perder de vista esta idea, tanto por parte de la sociedad civil como, especialmente, de la prensa, que suele alentar estas cuestiones. Hoy por hoy, el fútbol forma parte de la cultura de masas y de la cultura del ocio. No le demos un patriotismo chauvinista a una cuestión que no lo merece. Sepamos darle a cada cosa su lugar y a cada acción su importancia.

La fiesta de un pueblo campeón

Finalmente, hablemos de la selección de Scaloni, del mejor jugador del mundo —Lionel Messi— y de este equipo argentino que llega como el último campeón del mundo. La pasión argentina es inigualable, y el recuerdo de la locura colectiva cuando la selección volvió al país tras la consagración en Qatar aún está fresca en la memoria.

Hoy volvemos a creer. No importa si las sedes son tres, si hay 48 selecciones o si el mundo cambió. Porque cuando el árbitro pita el inicio, el tiempo se detiene. Y por 90 minutos, todos somos eso que alguna vez fuimos: un país entero que respira al ritmo de una pelota.