16 de Agosto 2026
CONSUMO VS. DERECHOS
Del regalo al derecho: repensar la infancia más allá del marketing
Escribe: Pedro Santis

 

 

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Cada agosto, el calendario argentino se tiñe de promociones, avisos televisivos y vidrieras repletas de juguetes. Desde la primera semana de ese mes, las publicidades invaden diarios, redes sociales y pantallas, anunciando ofertas, lanzamientos y "el regalo perfecto". Es el ritual del Día del Niño, una fecha que, con el correr de los años, se ha consolidado como uno de los momentos comerciales más esperados del año.

Pero, ¿qué celebramos realmente cuando celebramos el Día de la Infancia?

En la Argentina, esta efeméride se fijó el segundo domingo de agosto por impulso de la Cámara Argentina del Juguete, que supo ver en esa fecha una oportunidad de mercado. Con el tiempo, la iniciativa comercial logró arraigarse en la cultura popular hasta convertirse en una tradición profundamente internalizada, sobre todo por los más pequeños, que esperan con ansias ese domingo para sentirse protagonistas de un día especial.

No hay nada objetable, en principio, en que una industria promueva su propio espacio en el calendario. Es una estrategia legítima y extendida: la Semana de la Dulzura, impulsada por los fabricantes de golosinas, es otro ejemplo claro de cómo el marketing construye fechas de consumo. Sin embargo, el problema aparece cuando esa lógica comercial empieza a confundirse con la defensa de derechos fundamentales.

En las últimas décadas, el Día del Niño fue adquiriendo, de manera casi natural, un velo de sensibilidad social. Muchas campañas publicitarias apelan a la emoción, al amor y al futuro de los chicos, como si comprar un juguete fuera un acto de justicia social. Pero este cruce entre consumo y derechos infantiles conlleva un peligro real: banalizar asuntos que merecen tratamiento político, técnico y ético.

Cuando se asocia la felicidad de la infancia con la posesión de un objeto, se desdibuja aquello que realmente hace digna a una niñez: acceso a educación de calidad, salud integral, alimentación suficiente, vivienda adecuada, protección contra la violencia y participación en las decisiones que les afectan. Estos son derechos consagrados en la Convención sobre los Derechos del Niño y en nuestra Ley 26.061, pero que en la práctica cotidiana siguen siendo deudas pendientes para millones de niños y niñas en el país.

El vacío que genera esta confusión no es menor. Al reducir la celebración de la infancia a un momento de consumo, se licúa el debate público sobre políticas de niñez, se desmoviliza la participación ciudadana y se naturaliza la idea de que un regalo anual compensa la falta de inversión estatal en primera infancia, en escuelas, en hospitales o en programas de crianza.

La infancia no es un mercado, ni un slogan, ni una postal emotiva. Es, ante todo, la etapa fundacional de la vida y el semillero del desarrollo nacional. Por eso, garantizar que los niños y las niñas crezcan en condiciones de dignidad no es un gesto de caridad ni una cuestión menor: es una decisión política que interpela a gobiernos, empresas, instituciones y a cada ciudadano.

Festejar el Día del niño/niña puede ser hermoso, necesario y hasta alegre. Pero no puede ni debe reemplazar el compromiso cotidiano de construir un país donde todos los chicos tengan infancias plenas, más allá de lo que envuelva un paquete. Porque si solo nos sentamos a celebrar una vez al año, corremos el riesgo de que cada vez más niños queden excluidos de los derechos que les pertenecen desde que nacen.