Iván es vecino de Flores de casi toda la vida y, junto a su pareja Liliana, lleva adelante Estación Ping Pong que nació hace nueve años en otro espacio. Desde hace siete están en San Blas 2545. Lo que comenzó como un espacio para dar clases de tenis de mesa se transformó en un club de barrio que funciona en un PH, donde conviven el deporte, el ajedrez, la literatura, la música y la integración social.
¿Cómo nació este proyecto y cómo llegaron al espacio donde están hoy?
El club ya va a cumplir 9 años. Los primeros dos estuvimos en la "Estación de los Deseos", dentro del parque ferroviario que está pasando el Patio de los Lecheros. Nos mudamos a este PH (que tiene entrada de garage) por la necesidad de expandirnos, ya que la actividad venía floreciendo. A los seis o siete meses de mudarnos nos agarró la pandemia. Aprovechamos ese aislamiento para hacer las adecuaciones edilicias, legales y administrativas para funcionar con responsabilidad.
Mucha gente en ese momento desempolvó en sus casas las mesas de ping pong. Cuando empezó a ser más flexible el aislamiento, la gente salió a jugar a las plazas, a los parques donde había mesas y después de a poco empezó a decantar en los clubes.
En el momento menos crítico, cuando se pudo, nos juntábamos en grupos chicos de 2 ó 3 personas para cocinar y distribuir comida a gente en situación de calle.
¿Por qué decidieron llamarlo "Ping Pong" y no "Tenis de Mesa", que es el nombre formal del deporte?
En el mundo del tenis de mesa, la palabra "ping pong" no suele estar muy bien vista. Nosotros arriesgamos a llamarnos así porque conecta mucho más con lo que la gente conoce, con lo lúdico y lo divertido. No somos un club de élite por nivel deportivo, sino una escuela especializada en la iniciación de las personas en el deporte; un lugar que te recibe aunque nunca hayas jugado.
Este año nos tocó ser anfitriones de los juegos porteños de tenis de mesa, tanto para adultos mayores que ya pasó como ahora de menores. Logramos posicionarnos y tener reconocimiento institucional del Gobierno de la Ciudad.
¿Cómo es tu relación personal con este deporte? ¿Desde cuándo jugás?
Aprendí a jugar a los 8 años con mi hermano en Dinos, una casa con pool, metegol y billar en Flores. Nos apasionaba e íbamos seguido, pero nunca encontré la actividad organizada como deporte. Jugué de forma muy ocasional y recreativa durante más de 20 años. A los 37 ó 38 años quise volver a jugar, busqué alquilar mesas por hora y me encontré con que ya existía toda una organización deportiva con profesores y entrenamientos. Empecé a entrenar desde cero y hoy, a mis 51 años, tengo un club. Por eso aliento a personas grandes a empezar, no hay edad y la prueba soy yo. Como mi desempeño como competidor no fue sobresaliente, me aboqué rápidamente a la enseñanza y a la gestión.
El espacio dejó de ser solo para jugar al ping pong. ¿Qué otras actividades ofrecen?
Al convertirnos en club se empezaron a sumar muchas cosas. Ofrecemos clases y entrenamientos de ping pong (grupales e individuales), juego libre, donde la gente comparte mesas y juega partidos y una escuelita de menores los sábados. También tenemos clases de ajedrez y los sábados recibimos al círculo "El Mate del Loco". Hay clases de taekwondo y yoga.
Además, contamos con una biblioteca con libros y una colección de música en CD y DVD que formamos con donaciones y las bibliotecas de nuestros padres. Se puede venir a leer acá o se pueden retirar libros. Nos falta alguien que se anime a catalogar, pero si venís y ves un libro que te guste lo podes retirar.
Organizamos eventos culturales como shows musicales, cine debate con el grupo "Plano y Pausa", y las "PPT Night", donde expositores tienen 7 minutos para hablar de un tema con un PowerPoint, en un formato elástico y humorístico similar a las charlas TED. Incluso ahora estamos incursionando en la crianza de axolotes.
¿Cómo funciona la dinámica de socios y la integración en el club?
La gente puede venir como socia o como invitada. El ping pong es un deporte sumamente integrador, permite que hombres, mujeres, niños, adultos mayores y personas con discapacidad entrenen y compitan juntos. Por ejemplo, un chico en silla de ruedas puede jugar al mismo nivel que un jugador convencional, y personas con Parkinson juegan porque les ayuda a mejorar su sintomatología terapéutica.
Además, este barrio es un crisol de razas. Viene gente de la colectividad judía, de la comunidad oriental (chinos, coreanos, japoneses), armenios y muchos inmigrantes venezolanos que son muy buenos jugadores.
Aun así es de los deportes más difíciles de practicar llevado a su máxima expresión, es un deporte que es muy demandante física y técnicamente, las personas que compiten a alto nivel son atletas de alto rendimiento que tienen que abocarse 6, 7 días por semana al entrenamiento, con preparación física, con alimentación adecuada, de hecho se lo reconoce como un deporte olímpico.
Acá se generaron amistades, lo del ping pong termina siendo como una excusa y funciona y más en estos tiempos que la gente está tan metida para dentro, que cuesta salir al encuentro con el otro. Damos la posibilidad de que se genere eso y que no sea un espacio de tránsito. Un lugar donde la gente se siente en casa, siente una pertenencia.
¿Con qué servicios cuenta el club?
Nos exigimos mucho para que todo sea accesible, popular y de excelente calidad. Para el ping pong tenemos excelentes mesas, buena iluminación, piso y altura. Para la parte cultural, nos equipamos con un sistema de audio básico y un pequeño escenario donde podemos resolver presentaciones de hasta tres voces y tres instrumentos.
También tenemos un buffet con opciones caseras, frescas y accesibles: pizzas, hamburguesas, una variedad importante de empanadas y cafetería de buena calidad.
Gestionar un espacio abierto al público también debe tener sus complejidades. ¿Cómo manejan la convivencia?
El club lo fundamos con mi pareja que en ese momento cuando nos propusimos emprender recién comenzábamos a conocernos, fue creciendo nuestra relación con el club y tenemos a Carolina de 4 años que suele estar por acá.
Cuando nos tuvimos que mudar hubo un grupo de gente que nos acompañó y cuando constituimos la Asociación Civil que dirige el club, varios de esas personas que nos acompañaron en aquel primer momento se transformaron en los socios del lugar.
No es fácil gestionar un espacio así y requiere mucho esfuerzo. A veces, en las actividades abiertas donde viene gente que no conocemos, nos encontramos con situaciones incómodas: chicles pegados bajo las mesas, papeles tirados o personas que te demandan como si fueras una multinacional porque pagaron una entrada. Tratamos de transmitir la importancia de cuidar y mejorar el lugar entre todos, haciéndoles entender que este es un espacio comunitario.
Vos sos de Flores, pero ¿qué relación tenés con el barrio?
Este siempre fue un barrio de tránsito porque quizás con el auto pasaba por Artigas o por Terrada pero lo estoy descubriendo ahora, lo vivo con mucho sentido de pertenencia, tiene una esencia de barrio que otros no la tuvieron o la perdieron. Llego y pienso que Maradona caminaba por la vereda. Veo que en la zona hay muchos emprendimientos, movimiento cultural, que apoyan la actividad artística, la actividad cultural, muchos clubes, tiene también todo un contexto social.
Soy de origen judío y aunque no es Villa Crespo hay mucha gente de la colectividad, no soy practicante ni religioso, pero son mis raíces.
¿Cuáles son los sueños o metas que tienen por delante?
El gran objetivo es lograr que el club tenga una dinámica y un método de gestión propio, para que en el futuro no dependa exclusivamente de Liliana y de mí. Hoy somos nosotros dos los que "le echamos carbón a la locomotora", lo cual es una tarea pesada siendo pareja y con una nena de 4 años.
Por otro lado, queremos consolidar nuestra agenda cultural y lograr tener un público propio que venga por ejemplo todos los viernes sabiendo que algo va a encontrar. A futuro nos gustaría incorporar otras disciplinas como fútbol, vóley, handball o talleres de formación profesional, aunque para eso el espacio físico actual empieza a ser una limitante y buscar otro lugar es un desafío enorme.
Contacto:
San Blas 2545
Instagram: @estacionpingpong